Dependía de la buena estrella si quería llegar justo a tiempo para contemplar la puesta de sol desde el dique La Viña, sobre todo porque no tenía ni idea a que hora ocurría el mismísimo fenómeno, como así también la distancia exacta desde el hotel hasta el murallón y si desde el murallón tal visión era posible, sin contar todavía lo más grave, como demonios iba llegar hasta allí, la balanza estaba totalmente desalineada, en un plato todos los contratiempos y del otro lado las ganas y la voluntad casi inquebrantable.
Me cruzo a la terminal, el colectivo me deja a 6 kilómetros del dique, imposible, taxi no hay, drone no tengo y el último cuete por la estrósfera había partido a las 17:49.
Pasadas las 18:00 y con el sol ya empeñado en dibujar sombras largas empiezo a caminar a la espera de cruzarme con algún taxi, quizás no reparo que a pesar de la hora, es domingo y no estoy en Corrientes y 9 de Julio, doblo por la avenida de la mansión maltesa con la idea de dirigirme al centro, de repente taxi, taxi a la vista, le hago seña, para, subo, le digo que quiero hacer, me mira por una fracción de segundo y me dice, vamos, estamos a tiempo.
El dique queda a 25 kilómetros de Villa Dolores, tenía unos cincuenta minutos para llegar hasta el paredón, los cálculos previos parecían estar de mi lado.
Me cruzo a la terminal, el colectivo me deja a 6 kilómetros del dique, imposible, taxi no hay, drone no tengo y el último cuete por la estrósfera había partido a las 17:49.
Pasadas las 18:00 y con el sol ya empeñado en dibujar sombras largas empiezo a caminar a la espera de cruzarme con algún taxi, quizás no reparo que a pesar de la hora, es domingo y no estoy en Corrientes y 9 de Julio, doblo por la avenida de la mansión maltesa con la idea de dirigirme al centro, de repente taxi, taxi a la vista, le hago seña, para, subo, le digo que quiero hacer, me mira por una fracción de segundo y me dice, vamos, estamos a tiempo.
El dique queda a 25 kilómetros de Villa Dolores, tenía unos cincuenta minutos para llegar hasta el paredón, los cálculos previos parecían estar de mi lado.
Primera foto 18:41
El proyecto del embalse lo presentó en 1938 Luis Antonio Medina Allende, Director de Obras y Servicios Públicos de la provincia, durante la gobernación de Amadeo Sabattini.
Un año después comenzó la construcción del dique diseñado por Fitz Simmons, tras cinco años de trabajo, el 15 de junio de 1944 se dan por concluidas las obras. En 1952 comienza la edificación de la usina eléctrica y en 1959 se realizó la primera conexión a la red.
El hecho que distingue al dique La Viña es que su paredón es el más alto de Argentina, 106 metros, con un largo de 317,27 metros. La regulación del río de los Sauces, mediante el almacenamiento de sus aguas hace que se aproveche el 90 por ciento del caudal medio anual, hecho que permite el riego de 24.000 hectáreas.
La central está equipada con dos turbinas de eje vertical, el espejo de agua tiene una superficie de 1050 hectáreas y una profundidad de 100 metros.
A esta altura de las circunstancias estoy evaluando que desde el paredón la vista de la puesta de sol no va a generar los resultados previstos, así que le comunico a Neri, recuerden ese nombre, que mañana será protagonista de un hecho de connotaciones entre bizarras y cómicas, le comunico entonces la intención de bajar hacia los clubes de pesca ubicados lago abajo.
Pasadas las diecinueve con el sol poniéndose tras el paredón y un repentino aire frío invadiendo la playa, me dispongo rendido a contemplar la carta que la naturaleza tiene para jugar durante esos minutos de gloria.
Empachado de ocres, rosados y naranjas, doy por finalizado el primer día del viaje, ahora solo resta volver, buscar un lugar cerca del hotel donde comer y poder escribir las impresiones de la jornada, el frío es intenso, los colores se rinden solemnemente a la noche y la dicha me excede.
Última foto 19:30
