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viernes, 30 de agosto de 2013

La ruta invisible. Uranga, Santa Fe, Argentina

Las tierras donde hoy se asienta el pueblo tuvieron desde 1635 una sucesión de dueños hasta llegar a ser propiedad en 1856 de la firma Berraondo y Cía, y con posterioridad de un miembro de la misma, Don Ignacio Uranga. A fines del siglo XIX, las tierras pertenecientes a Estancias y Colonias Uranga Ltda se arriendan a 55 colonos, primigenios habitantes del incipiente Pueblo Brito.
El ramal de trocha angosta de la Compañía General de Ferrocarriles de la Provincia de Buenos Aires, que vinculó Rosario con Pergamino y la Capital Federal quedó inaugurado en 1908, aunque la estación denominada en sus orígenes Pereyra Lucena se habilitó en noviembre del 1907.
En 1951 se consolida la Comisión de Fomento de Pueblo Brito (Estación Uranga), en 1961 el Establecimiento La Ensenada que funciona dentro de la Estancia San Nicolás, efectúa un loteo de los terrenos ubicados frente a la estación para el establecimiento de un pueblo. En el trazado se determinan espacios para la iglesia, la comuna y reparticiones oficiales. A parir de ese momento la población llamada Pueblo Brito, la Estación Uranga y el reciente loteo pasan a llamarse Uranga.
Con este pequeño emplazamiento comienza la tercera etapa del capítulo Pueblos de Santa Fe, otro sábado invernal que uno destina para internarse en tierras repetidas pero únicas en búsqueda de coincidencias e identidades.
Uranga termina pronto, tras unas pocas cuadras toma protagonismo la ruta suplementaria 22, un desolado camino de tierra que corre paralelo a las transitadas provinciales 18 y 21 y a la vena principal de Argentina, la cosmopista a Buenos Aires.
De repente el Pago de los Arroyos se muestra en su esplendor con el Arroyo Pavón bajo mis pies, un viejo puente ferroviario lucha su inevitable destino de chatarra y una obra vial reciente encandila con su antinatural anaranjado furioso que resalta entre los verdes secos del invierno pampino.
La obra resalta por oposición, el frío manda en la escena desprovista de actores y cinco pueblos mas aguardan en carpeta, rincones sin imágenes previas, tan solo presunciones, corazonadas y deseos.
La 22 suplementaria se hace importante por unos escasos metros, presume ínfulas de gran camino por su pavimento acotado, pero pronto, muy pronto vuelve a la realidad de camino rural, polvoriento de siglos.
Avanzo en la búsqueda del próximo micromundo, pero lo bueno de la vida en el camino son ciertas sorpresas que cada tanto ocurren y 10 kilómetros por delante me esperaba una de ellas.

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